21 mayo 2013

El juglar y la cuerda del laúd

Con este relato titulado "El juglar y la cuerda del laúd" obtuve el premio del concurso "IX Convocatoria Del Certamen de Cuentos Carmen Conde", otorgado por el Grupo ALDEA en el año 2011. El cual fue también publicado en el la Revista Literaria Aldea ese mismo año.




Este es un relato al que le tengo mucho cariño, pues la confianza que depositaron en mí para otorgarme el premio me ayudó a seguir adelante. Tanta fue la ilusión que me hizo que decidí hacer para él una ilustración, que también expongo en esta entrada, y que llevé al evento el día que me entregaron el premio. Para la ilustración utilicé una técnica totalmente tradicional en un formato de 50x70 cm.

Espero que disfrutéis del relato tanto como yo al escribirlo e ilustrarlo:




El juglar y la cuerda del laúd.

 "Hace varios siglos, en una época de reyes y castillos, de hechiceros y dragones, de conquistas y grandes hazañas, un juglar recorría  pueblos, ciudades y aldeas buscando unas monedas para así ganarse la vida.  Su aspecto era muy llamativo, vestía con unos coloridos tejidos que no eran precisamente de seda ni de las telas más caras, pero su combinación y su porte al llevarlos les hacían parecer alguien mágico y fascinante, mientras a la vez se vislumbraba que era alguien cercano y corriente. Sobre sus oscuros y rizados cabellos reposaba un pomposo sombrero del que colgaban unas plumas enormes y en su espalda portaba un reluciente laúd que esperaba  para cantar todo aquello que brotaba de su imaginación. 

  Un día, como otro cualquiera, se dispuso a visitar una pequeña aldea cercana a un importante río. En otro tiempo había sido un buen lugar, o eso había escuchado, pero la visión que se presentó ante sus ojos era muy diferente a cuanto había oído, pues nunca había visto una villa tan pobre…

    No hace mucho, ese poblado había sido víctima de un cruel asedio y sus habitantes, además de haber perdido muchas de sus pertenencias y tener que trabajar duro, estaban inmiscuidos en un laborioso proceso de reconstrucción, ya que no tenían otro lugar a donde ir.
     
   El juglar quedó tan afligido al ver esa escena, que comenzó a relatar y cantar para ellos, como siempre, en compañía de su fiel laúd. Tal era su ímpetu y tristeza que ya no buscaba monedas, sino tan solo animar el espíritu de esos pobres aldeanos  aunque ellos, lógicamente viviendo en tal situación, no prestaban atención a ninguna de las melodías que las cuerdas emanaban. 
     
     Aún así, él decidió acudir a ese lugar, al menos una vez a la semana, asistiendo siempre el mismo día.  Ocurrió entonces que según iba pasando el tiempo, los habitantes de la aldea se acostumbraron a su presencia y nadie faltaba el día en el que él iba a actuar frente a ellos. Los niños tenían la oportunidad de al menos un día, salir de la pesada rutina. Y ya no solo los niños, sino el resto de los aldeanos. Sin duda ese era el mejor público que había tenido jamás. Todos le esperaban al atardecer del séptimo día después de su partida. Sus ánimos cambiaban cuando veían a la colorida figura del juglar entrar en la aldea por el camino principal, bañada por la luz anaranjada que despedía el sol en ese momento del día. Era como si el mismo astro de fuego participara en hacer su entrada más espectacular…"



3 comentarios :

  1. Muy buena lección de humildad, en un mundo donde a veces la apariencia esta por encima de otros valores más profundos en la persona. Me gusta ese soplo de conciencia que en la época actual necesitamos. Mejor agradar a los de tu alrededor que contentar a los de "arriba".

    ResponderEliminar
  2. ¡Oh, vaya, qué lástima! A tu relato se le otorga un premio. ¡Merece tres! Y la balanza se sigue inclinando. Sigo leyendo. Mañana te cuento más. Un besooo.
    Mari Carmen C.

    ResponderEliminar
  3. ¡Gracias por vuestros comentarios! Siempre me hace muchísima ilusión que me comenten sobre este relato :)

    ResponderEliminar